El percibir
de las cosas
Si el
percibir es puro y simple interpretar. Es el
valor de lo interpretado, el que juega como remanencia. Pues el percibir de
las cosas desemboca en otra problemática. Es el signo del lenguaje el que se
refiere a una persona que interpreta su propia ausencia. Esto es fácilmente plausible
en arte, cuando las imágenes suplantan, creando un desdoblamiento perceptual,
el “yo” sucedáneo y el “yo” real. El texto se sitúa al margen de quien lo
expresa. Y es el sujeto, el que decide irse. Esta ausencia recrea una solución utópica,
la del que yo no soy. Para ello
transforma su decir en alusión simbólica. El lenguaje escrito es “ideal” porque
trabaja las generalidades.
El discurso
simboliza enmascarándose en una red de significantes que se embrollan entrelazándose para crear nuevos
significantes. Cada red es un símbolo más.
“El Quijote”
es un símbolo de todo lo que allí dentro está escrito. Incluso cuando esto no
es evidente, el símbolo indica, que se desconoce el contenido.
El tiempo histórico
es puro símbolo. La historia es homogénea, lineal, ideal. El tiempo histórico, no es aquel que ha
desaparecido, sino que es este otro que se ha desplegado alcanzando la
actualidad. El fantasma del pasado
nos afecta, taxativamente como el “símbolo” de algo que no está de origen incierto, cuestionamiento inseguro y de difícil análisis.
El pasado es
idealista, y no por mediación del Kantismo,
cuyo universalismo es reciente. Recordare que esta idea, ya se encuentra presente
en el concepto ideal de Dios. Este creador utópico o no, es el responsable de
nuestra idea de facticidad de lo
ente. Vemos que el día a día se devalúa. La presencia de salvadores míticos a los que
nos debemos, son símbolos de nuestra dependencia.
La técnica no nos salva, al contrario, nos suplanta más. La rutina diaria, el tren
que pasa en punto, la cita con el médico para la semana que viene y la
dependencia consiguiente del móvil, del coche, del tren y del ordenador. Estos
repetitivos y reiterados gestos diarios nos llevan a la muerte en vida. La supresión
de un presente que se vive como maquina.
Aquí llegamos
al meollo. El corpus es el siguiente.
Lo verdaderamente actual del presente es el pasado.
El pasado
sobrevive otorgando comprensibilidad a algo que no es viable. Ni este “triturar”
el pasado desgajándolo como si fuera una fruta, violentándolo e intentando
hacerlo desaparecer, no tiene incidencia en el pasado sino en el presente.
Lo que se
trasmite desde el pasado no es el lenguaje, pero tampoco el símbolo “hace”. Es la idea de presente la que honramos, y lo hacemos con
posterioridad. Por ello confundimos siempre pasado histórico con memoria. La historia es “dogmatica”.
El pasado
nos lega situaciones determinadas que “todas ellas” hacen frente a situaciones
actuales. Ellas no se leen a la manera de cómo leeríamos un libro. Ni podrían interpretarse
para beneficio nuestro, porque lo que se transmite con ellas no es información,
es una tradición que alcanza este preciso
instante. Esto es “Dogma”.

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