lunes, 17 de marzo de 2014

El percibir de las cosas

Si el percibir es puro y simple interpretar. Es el valor de lo interpretado, el que juega como remanencia. Pues el percibir de las cosas desemboca en otra problemática. Es el signo del lenguaje el que se refiere a una persona que interpreta su propia ausencia. Esto es fácilmente plausible en arte, cuando las imágenes suplantan, creando un desdoblamiento perceptual, el “yo” sucedáneo y el “yo” real. El texto se sitúa al margen de quien lo expresa. Y es el sujeto, el que decide irse. Esta ausencia recrea una solución utópica, la del que yo no soy. Para ello transforma su decir en alusión simbólica. El lenguaje escrito es “ideal” porque trabaja las generalidades.
El discurso simboliza enmascarándose en una red de significantes que se embrollan  entrelazándose para crear nuevos significantes. Cada red es un símbolo más.
“El Quijote” es un símbolo de todo lo que allí dentro está escrito. Incluso cuando esto no es evidente, el símbolo indica, que se desconoce el contenido.
El tiempo histórico es puro símbolo. La historia es homogénea, lineal, ideal.  El tiempo histórico, no es aquel que ha desaparecido, sino que es este otro que se ha desplegado alcanzando la actualidad. El fantasma del pasado nos afecta, taxativamente como el “símbolo” de algo que no está de origen incierto, cuestionamiento inseguro y de difícil análisis.
El pasado es idealista, y no por mediación del Kantismo, cuyo universalismo es reciente. Recordare que esta idea, ya se encuentra presente en el concepto ideal de Dios. Este creador utópico o no, es el responsable de nuestra idea de facticidad de lo ente. Vemos que el día a día se devalúa.  La presencia de salvadores míticos a los que nos debemos, son símbolos de nuestra dependencia.
 La técnica no nos salva, al contrario, nos suplanta más. La rutina diaria, el tren que pasa en punto, la cita con el médico para la semana que viene y la dependencia consiguiente del móvil, del coche, del tren y del ordenador. Estos repetitivos y reiterados gestos diarios nos llevan a la muerte en vida. La supresión de un presente que se vive como maquina.
Aquí llegamos al meollo. El corpus es el siguiente. Lo verdaderamente actual del presente es el pasado.
El pasado sobrevive otorgando comprensibilidad a algo que no es viable. Ni este “triturar” el pasado desgajándolo como si fuera una fruta, violentándolo e intentando hacerlo desaparecer, no tiene incidencia en el pasado sino en el presente.
Lo que se trasmite desde el pasado no es el lenguaje, pero tampoco el símbolo “hace”. Es la idea de presente la que honramos, y lo hacemos con posterioridad. Por ello confundimos siempre pasado histórico con memoria. La historia es “dogmatica”.


El pasado nos lega situaciones determinadas que “todas ellas” hacen frente a situaciones actuales. Ellas no se leen a la manera de cómo leeríamos un libro. Ni podrían interpretarse para beneficio nuestro, porque lo que se transmite con ellas no es información, es una tradición que alcanza este preciso instante. Esto es “Dogma”.

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