Alrededor del siglo IV a.C.,Roma
estaba envuelta por murallas de piedra volcánica de unos tres metros y medio de
altura, pero eso nunca ha definido a la antigua Roma. Por entonces, se hallaba
rodeada por sus doce puertas, con sus doce nombres, mientras las catapultas
amenazadoras, junto a su guardia, guardaban el sueño de los romanos. La muralla
no era un elemento constituyente suyo. Las primeras murallas (las murallas denominadas
anacrónicamente servianas) se erigieron como defensas frente a la invasión de
los galos del año 386 a. C. Lo que caracterizaba propiamente a Roma era el límite
sin
muralla denominado
pomoerium. El pomoerium era una franja de
terreno, señalada por unos mojones, que son propiamente señales de calzada (los
cippi
pomoerii),
que separaba el territorio de la urbs (dominio de los ciudadanos) del ager (dominio de
agricultores y soldados). En un principio no existía la propiedad privada y la
riqueza se medía en rebaños (peculio) Tan marcado estaba este límite que, antes
de franquearlo, los magistrados con imperium militiae debían deponer éste
dejando sus tropas extramuros de la ciudad, en el campo de Marte (Marte, el
dios de la guerra, junto con otros dioses cuya influencia era considerada
peligrosa para la comunidad, como Vulcano, dios del fuego o Venus, diosa de la
lujuria, recibían culto fuera del pomoerium). En términos legales, Roma, solo
existía dentro del pomoerium. Tampoco la cremación ni la inhumación de cadáveres
estaba permitida en el interior sagrado del recinto urbano. Lo relevante para nosotros,
lo que muestra la vocación de trascenderse de ese contorno mágico que fue el pomoerium, es la relación
entre éste y el limes o, dicho de otro modo, entre la ciudad y el imperio: Según Aulo
Gelio el derecho (ius) de ampliar el pomoerium era potestad de quien había ampliado
el ager(terreno)
romano capturándolo al enemigo. La ampliación
centrífuga del espacio militar (ager) conllevaba la ampliación correlativa del espacio civil (urbs). El pomoerium resulta ser así un eco,
un reflejo del limes. Por eso Roma no tiene murallas: porque no mira hacia su interior
sino hacia fuera. No es determinación, es disposición. Roma no da la espalda al mundo: Roma aspira a ser el mundo.
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