domingo, 17 de agosto de 2014

Urbs pomoerium


Alrededor del siglo IV a.C.,Roma estaba envuelta por murallas de piedra volcánica de unos tres metros y medio de altura, pero eso nunca ha definido a la antigua Roma. Por entonces, se hallaba rodeada por sus doce puertas, con sus doce nombres, mientras las catapultas amenazadoras, junto a su guardia, guardaban el sueño de los romanos. La muralla no era un elemento constituyente suyo. Las primeras murallas (las murallas denominadas anacrónicamente servianas) se erigieron como defensas frente a la invasión de los galos del año 386 a. C. Lo que caracterizaba propiamente a Roma era el límite sin muralla denominado pomoerium. El pomoerium era una franja de terreno, señalada por unos mojones, que son propiamente señales de calzada (los cippi pomoerii), que separaba el territorio de la urbs (dominio de los ciudadanos) del ager (dominio de agricultores y soldados). En un principio no existía la propiedad privada y la riqueza se medía en rebaños (peculio) Tan marcado estaba este límite que, antes de franquearlo, los magistrados con imperium militiae debían deponer éste dejando sus tropas extramuros de la ciudad, en el campo de Marte (Marte, el dios de la guerra, junto con otros dioses cuya influencia era considerada peligrosa para la comunidad, como Vulcano, dios del fuego o Venus, diosa de la lujuria, recibían culto fuera del pomoerium). En términos legales, Roma, solo existía dentro del pomoerium. Tampoco la cremación ni la inhumación de cadáveres estaba permitida en el interior sagrado del recinto urbano. Lo relevante para nosotros, lo que muestra la vocación de trascenderse de ese contorno mágico que fue el pomoerium, es la relación entre éste y el limes o, dicho de otro modo, entre la ciudad y el imperio: Según Aulo Gelio el derecho (ius) de ampliar el pomoerium era potestad de quien había ampliado el ager(terreno)  romano capturándolo al enemigo. La ampliación centrífuga del espacio militar (ager) conllevaba la ampliación correlativa del espacio civil (urbs). El pomoerium resulta ser así un eco, un reflejo del limes. Por eso Roma no tiene murallas: porque no mira hacia su interior sino hacia fuera. No es determinación, es disposición. Roma no da la espalda al mundo: Roma aspira a ser el mundo.











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