Flâneur
Quien decide
entrar de lleno en un debate, corre el riesgo de equivocarse. Pensar es
sumergirse en un ámbito ajeno. Solo si descubro el sentido y el origen podre
desarrollar mi tema.
Cuando
faltan datos para desarrollar el tema o este es demasiado actual, en cierto
sentido, nos estamos adelantando a los acontecimientos y no podremos evitar que
estos caminen hacia un irremediable final.
El siglo
XIX, resuelve el desarrollo social, interponiendo un desarrollo económico a
gran escala, y lo hace mediante la invención de maquinas que progresivamente
van sustituyendo, las relaciones naturales con los objetos. El contacto con la
ropa para lavarla, desaparece mediante la invención de la lavadora. El desarrollo mecanicista del capitalismo se desarrolla
por todo el sigloXX, desplegando las ausencias del contacto directo con los
objetos.
La crisis de
este contacto, nos deja a la deriva del pensamiento y anclados en la sociedad
de consumo. Es la productividad, la
vara que usan para medirnos. Ir contra esta productividad es reconducir el
pensar fuera de su elemento, volverse anómalo.
Por mucho
que se quiera, pensar no es sinónimo de conocer. El que piensa, debe
“detenerse”. No hay espacio para las palabras cuando es lo “real” lo que no
puede narrarse. Debo decir que, conocer guarda una copertenencia al “ver”,
mientras que el pensar es argumentativo.
Fue
Baudelaire, quien descubrió al flaneur. Antes había sido Balzac. Pero quien le
dio todo el peso y valor, llevándolo a una enorme fecundidad en sus escritos
fue Baudelaire.
El Flaneur
es un operador ideológico sumido en una realidad de calles. El, reconoce la
imposibilidad de narrar lo real y gusta de sumergirse entre la multitud.
Walter Benjamín
lo utilizo después para construir cientos de estereotipos y sustentar un
discurso narrativo en el acto mismo de narrar.
El
flaneur mira, observa, pero se halla
desconectado de todo. Ya no conserva la tradición ni entiende la modernidad.
El presente
es algo que le es ajeno.
“La vida es
producir cadáveres” escribe Walter Benjamin , en el Trauerspiel. Vivir desde la muerte, el paseante desaparece
fugazmente de un sitio donde nunca ha estado, el que vive en una ciudad es su
propio huérfano, es un desposeído en ruinas, bajo miles de estos escombros.
El Flaneur
es la base de la contemporaneidad. El se asocia a una persona cuyo objetivo es metafórico.
Se asocia normalmente a un paseante, a una persona que gusta de deambular por
las calles sin rumbo fijo. El Flaneur se deja seducir por el juego axiomático
de la realidad, aceptando de buen grado todo aquello que le es ajeno. Si el
Flaneur tiene sus orígenes en Francia y carece casi por completo de uso en España,
me viene a la mente otra palabra que, fácilmente puede ser símil o incluso
equivalente de esta y es la locución
Inglesa de “Snob”. El Flaneur es lo contrario de lo genuino, es el que pasea a través de una realidad constituida de
calles y escaparates, un lenguaje ya constituido. Encuentra cierto gusto en
detenerse en este estado infantil. Puede vivir en esta sociedad sin participar
de ella. Se muestra activamente desapegado del pasado, no se implican ni
solidarizan activamente por nada ni por nadie.
El Flaneur
es un hombre derrumbado por la estandarización social que todo lo nivela.
Desconecta las noticias, deforma su
criterio, se muestra obstinado en conocer, pero es incapaz de explicarse pero
no se detiene. Continúa obstinado, calle abajo, paseando.
En el siglo
de la información, nos dicen que las redes sociales nos permiten navegar.
Ningún pasear más lánguido puede existir ya, que el hombre sentado que dice
navegar. El internauta sufre crisis identitarias. El hecho natural es ser
maquina. Desaparecer en vida.

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