sábado, 15 de marzo de 2014

Flâneur

Quien decide entrar de lleno en un debate, corre el riesgo de equivocarse. Pensar es sumergirse en un ámbito ajeno. Solo si descubro el sentido y el origen podre desarrollar mi tema.
Cuando faltan datos para desarrollar el tema o este es demasiado actual, en cierto sentido, nos estamos adelantando a los acontecimientos y no podremos evitar que estos caminen hacia un irremediable final.
El siglo XIX, resuelve el desarrollo social, interponiendo un desarrollo económico a gran escala, y lo hace mediante la invención de maquinas que progresivamente van sustituyendo, las relaciones naturales con los objetos. El contacto con la ropa para lavarla, desaparece mediante la invención de la lavadora.  El desarrollo mecanicista del capitalismo se desarrolla por todo el sigloXX, desplegando las ausencias del contacto directo con los objetos.
La crisis de este contacto, nos deja a la deriva del pensamiento y anclados en la sociedad de consumo. Es la productividad, la vara que usan para medirnos. Ir contra esta productividad es reconducir el pensar fuera de su elemento, volverse anómalo.
Por mucho que se quiera, pensar no es sinónimo de conocer. El que piensa, debe “detenerse”. No hay espacio para las palabras cuando es lo “real” lo que no puede narrarse. Debo decir que, conocer guarda una copertenencia al “ver”, mientras que el pensar es argumentativo. 
Fue Baudelaire, quien descubrió al flaneur. Antes había sido Balzac. Pero quien le dio todo el peso y valor, llevándolo a una enorme fecundidad en sus escritos fue Baudelaire.
El Flaneur es un operador ideológico sumido en una realidad de calles. El, reconoce la imposibilidad de narrar lo real y gusta de sumergirse entre la multitud.
Walter Benjamín lo utilizo después para construir cientos de estereotipos y sustentar un discurso narrativo en el acto mismo de narrar.
El flaneur   mira, observa, pero se halla desconectado de todo. Ya no conserva la tradición ni entiende la modernidad.
El presente es algo que le es ajeno.
“La vida es producir cadáveres” escribe Walter Benjamin , en el Trauerspiel.  Vivir desde la muerte, el paseante desaparece fugazmente de un sitio donde nunca ha estado, el que vive en una ciudad es su propio huérfano, es un desposeído en ruinas, bajo miles de estos escombros.

El Flaneur es la base de la contemporaneidad. El se asocia a una persona cuyo objetivo es metafórico. Se asocia normalmente a un paseante, a una persona que gusta de deambular por las calles sin rumbo fijo. El Flaneur se deja seducir por el juego axiomático de la realidad, aceptando de buen grado todo aquello que le es ajeno. Si el Flaneur tiene sus orígenes en Francia y carece casi por completo de uso en España, me viene a la mente otra palabra que, fácilmente puede ser símil o incluso equivalente  de esta y es la locución Inglesa de “Snob”. El Flaneur es lo contrario de lo genuino, es el que pasea a través de una realidad constituida de calles y escaparates, un lenguaje ya constituido. Encuentra cierto gusto en detenerse en este estado infantil. Puede vivir en esta sociedad sin participar de ella. Se muestra activamente desapegado del pasado, no se implican ni solidarizan activamente por nada ni por nadie.
El Flaneur es un hombre derrumbado por la estandarización social que todo lo nivela. Desconecta las noticias,  deforma su criterio, se muestra obstinado en conocer, pero es incapaz de explicarse pero no se detiene. Continúa obstinado, calle abajo, paseando.
En el siglo de la información, nos dicen que las redes sociales nos permiten navegar. Ningún pasear más lánguido puede existir ya, que el hombre sentado que dice navegar. El internauta sufre crisis identitarias. El hecho natural es ser maquina. Desaparecer en vida.

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